John Berger, un poeta de verso libre

Revista Tantágora, març 2017

Transportamos poesía
como los trenes de mercancías del mundo
transportan ganado.

John Berger, Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos

 

A poco de conocerse la noticia de su muerte, fueron escaseando las copias de sus libros en las librerías de Barcelona. Me parece un acto de amor claro y silencioso. Tal vez no íbamos a oírle recitar de nuevo pero sus palabras, las que nos había regalado a lo largo de casi un siglo de vida, debían seguir estando a mano.

Debían seguir a mano porque de los poetas no se puede prescindir. Con frecuencia hace falta una vida entera para comprender qué significa un verso que sabemos de memoria. La poesía no entiende de horas ni de años. Debe estar siempre ahí para cuidar de la imaginación, o, en algunos casos, como un servicio de urgencias.

Cuando se preguntaba a John Berger por su profesión, respondía que él era escritor. Cuando la pregunta se dirige ahora a los conocedores de su obra, suelen decir que era un crítico de arte, novelista, ensayista, que había escrito teatro y guiones de cine, que incluso había actuado, que dibujaba con pasión y un largo etcétera que va desde su compromiso político hasta su actividad como articulista de la vida cotidiana.

Todos estos atributos que se le otorgan son ciertos y pueden ilustrarse con largas listas de obras suyas. Si me preguntaran a mi, sin embargo, yo respondería que John Berger era un poeta, un poeta de verso libre.

Era un poeta que escribía novelas y ensayos, que dibujaba y actuaba sobre el escenario, que estaba atento al nacimiento de las flores de su jardín y a la estabulación de las vacas cuando llegaba la hora. Era un poeta que cultivaba la amistad como sólo los poetas pueden hacerlo: escuchando con atención y mascullando las palabras hasta transformarlas en pasto fresco para su pluma.

Como todo gran poeta dignificaba cada una de las palabras que usaba. Salía en su búsqueda y las encontraba encarnadas en el quehacer de los campesinos, pegadas al miedo y a la fuerza de los combatientes en favor de la justicia, encontraba palabras escondidas entre sus recuerdos de niño y se apiadaba de aquellas que el poder o la moda habían mancillado.

John Berger era un contador de historias. Escribía en prosa, la forma, decía, que conviene a la narración. Sin embargo, antes o después, su escritura empezaba a bordear el límite de sus posibilidades y caía irremediablemente en la poesía. Su prosa poética no resistía más y se dejaba llevar por el verso.

En manos de la poesía, el escritor parecía sentir la libertad de dejar los huecos necesarios para la respiración, como las partituras inscriben en ellas los silencios. Espacios en blanco en los que nacen los nombres y se oculta lo que no puede ser nombrado.

En las poesías incrustadas en las historias de John Berger se oye el suspiro de la pluma que, por fin, ha podido soltar su mancha de tinta sin más – tal vez el único momento en el que la escritura es fiel a la idea que clama por ser.

A él le gustaba leer en voz alta sus textos. Oírle declamar iluminaba el recorrido de la voz humana desde Vyasa y Homero hasta nuestros días. El tiempo de la conciencia que invocaba con el gesto de ponerse las gafas sobre la nariz nada tiene que ver con el tiempo físico que mide la transformación de los cuerpos.

Ese ritmo acompasado de inspiración y expiración, alterado tantas veces como exigiera la lectura, es parte esencial de la escritura de John Berger. Que fuera él su propio lector ante un público que esperaba en silencio su relato, aseguraba que lo invisible no pasaba desapercibido.

Su voz ofrecía un lugar seguro para el sentido íntimo de la historia continuamente mecido en el aire que se toma y se suelta al respirar. A cada palabra su color, a cada frase su literalidad, a cada párrafo su verdad, a cada historia su aliento.

La voz de John Berger sigue oyéndose en la lectura silenciosa de sus textos y es por ello que los amantes de su verso acumulan estos días las copias de sus libros para mantenerlos siempre a mano.

No es fácil encontrar interpretes del misterio oculto en la conciencia que nos es dada a los humanos. Vivir tiene sus requisitos.

*

De entre todas las palabras que constituían su vocabulario básico, tal vez una quedó pegada a su lengua de forma tal que se percibe como un fino velo que hay que cruzar para poder leer sus textos. Cobijada en todos los rincones de sus papeles, sólo raramente se muestra en letras mayúsculas formando parte de algún título.

Desplazar, desplazarse, desplazamiento, desplazados, desplazadas…

El hogar es el centro del mundo, porque es allí donde la línea vertical se cruza con la horizontal. La línea vertical asciende hacia el cielo y desciende hacia el país de los muertos, bajo tierra. La línea horizontal representa la circulación terrestre, todos los caminos que conducen, a través de la tierra, a otros lugares. Es por ello que en el hogar es donde uno está más cerca de los dioses del cielo y de los muertos bajo tierra. Esta proximidad abre la esperanza de poder encontrarles. Al mismo tiempo, es el punto de salida y de retorno (con suerte) de todos los viajes terrestres. (1)

Cualquier desplazamiento supone el riesgo de perder ese centro. Riesgo que se tiñe al mismo tiempo de pérdida y de esperanza. Otras dos palabras que se persiguen la una a la otra entre sus historias.

El exilio es, probablemente, el desplazamiento más feroz que puede imaginarse. Ser expulsado del hogar por desconocidos arrogantes y justicieros… El exilio arranca las raíces y alcanza incluso a las palabras que, una vez más, buscan la piedad del poeta para poder encarnar su desasosiego:

Palabras emigrantes

 

En un puñado de tierra

he enterrado todos los acentos

de mi lengua materna

 

allí yacen

como agujas de pino

reunidas por las hormigas

 

Puede que algún día el llanto balbuciente

de otro vagabundo

las incendie

 

entonces caliente y consolado

oirá toda la noche

la verdad como una nana.      (2)

 

¿Cuántos desplazamientos caben en una docena de versos?

 

*

 

John Berger escribe a partir de hechos: el nacimiento de una vaca, la ausencia del pintor Janos Lavin de su estudio, una boda, la contemplación de un grabado de Goya, la lectura de una carta, la sombra de hierba que ha dejado bajo un árbol la nevada nocturna…

Un hecho ocupa en cada una de sus historias el centro – el hogar literario- a partir del cual idas y venidas configuran la narración.

Un hecho es la semilla de una historia. La poesía, la argamasa que la sostiene viva sin perder el registro temporal con el que nació.

Cuando murió Alberto Giacometti, la revista Paris Match publicó esa foto que, en 1961, Henri Cartier-Bresson le hizo cruzando la calle bajo la lluvia con la gabardina levantada hasta cubrirle buena parte de la cabeza. Cuando John Berger vio la foto, nació en él un retrato del artista. Tenía el aire de un superviviente, escribió. Pero no en el sentido trágico de la palabra… Estoy tentado de decir “como un monje”, especialmente porque la gabardina que le cubría la cabeza hacía pensar en un hábito. (3)

Leer ese ensayo es concentrar la mirada en la mínima distancia existente entre la gabardina y la cabeza, los hombros, las mangas que se acortan por la colocación imprevista del cuello a modo de paraguas… Leer ese ensayo es fijar la atención en el negro intenso del que emerge el rostro del artista, en aquel agujero, en aquel vacío de luz, en el que John Berger cobija la palabra “monje” que, de golpe, encaja perfectamente con la persona de un artista obsesionado por lo irreductible.

Años más tarde, Berger dedicó un libro a mirar en voz alta la obra de Alberto Giacometti fotografiada por Marc Trivier. Escribe: Cada retrato esculpido por Giacometti parece ofrecer un yo irreductible que sólo a continuación se resuelve en hombre o mujer, viejo o joven, filósofo o puta de un gánster. Cada uno de sus retratos es como un nombre de pila grabado en bronce. (4)

Es el poeta quien mira. Es el poeta quien describe. Es el poeta quien sentencia. Es el poeta que tiembla ante esa mínima cantidad necesaria de materia para que el espíritu de Giacometti pueda encarnarse. Es el poeta quien respira bronce en la fragilidad de una palabra.

 

Agujero

 

Hacer un agujero

a través de

una piedra

hilvanarla

llevarla colgada

anuncia inmortalidad

la piedra puede ser

lenguaje

el agujero, poesía

(5)

*

Mi percepción del mundo me llega en primer lugar a través de los ojos… Verdaderamente yo vivo a través de mis ojos. ¿Por qué? No lo sé. Nací así. Mirar es una forma de preguntarse porqué existimos. Curiosamente el acto de mirar es tan complejo como los argumentos filosóficos, con la excepción de que no es un acto verbal y por eso no se puede traducir en palabras.(6)

Así decía John Berger contestando a una entrevista televisada. Sospechaba que podía ser así, tal vez, porque había sido pintor los primeros 30 años de su vida. Sin embargo, pronto decidió que la escritura era y sería su actividad.

La vida le llevó a conocer a Evgen Bavcar. Un escritor, cautivado por las artes, al que un accidente dejó ciego. Se hicieron amigos. Aún a pesar de su ceguera, a Bavcar le sigue gustando visitar museos. Deja que la persona que ha elegido para la ocasión le describa la obra de su interés y luego la interroga sin descanso. Hace lo mismo una y otra vez, utilizando las observaciones de sus primeros interlocutores como interrogantes para los que vendrán después, hasta hacerse una idea lo más precisa posible sobre esa pintura que le llega a través de secuencias de palabras y de silencios.

John Berger le acompañó en diversas ocasiones. La ceguera de su amigo era el imperativo ineludible para que él transformara en palabras aquello que percibía con la mirada. Las preguntas de Bavcar, provenientes de una atención absoluta, obligaban a Berger a precisar sus observaciones hasta el punto que fue así como se dio cuenta de que el músico que Georges de La Tour pintó bajo el título “Le vielleur aveugle” tenía las uñas sucias.

Ver desde la oscuridad no podía resultarle extraño a un escritor vencido por la poesía.

 

John Berger:

- … Goya vuelve con su perro al estudio y se dispone a trabajar

(Ruido de una puerta que se abre, jadeos de perro,

 pasos, sonido del pincel sobre el lienzo.)

 

 Se acerca al lienzo, y pinta. Figuras, voces aparecen en el lienzo. Luego desaparecen. Y finalmente, todo se desvanece.

(Silencio)

John:

- Subid el volumen del silencio

Juan Muñoz:

- Un poco más alto, por favor, un poco más alto.

(Silencio)

John:

- ¿Es éste el silencio de un retrato?

Juan:

- ¿Es el silencio nocturno de las montañas del sudeste mexicano?

John:

- ¿O es nuestro silencio, el tuyo y el mío, escuchando lo que de verdad creemos importante?

 “¿Será un retrato?”, la conversación radiofónica entre John Berger y Juan Muñoz, surgió durante un encuentro en Estambul, en 1995.

En Estambul, Juan me propuso que hiciéramos algo juntos. A mi me sedujo la idea…El secreto estaba en escucharnos mutuamente… Decidimos que era mejor ver cuadros en la radio que en la televisión. En la radio, no vemos nada, pero podemos escuchar el silencio. Y cada cuadro tiene su propio silencio.(7)

El retorno de Goya a su estudio es el final del programa radiofónico. La historia de cómo empezó “¿Será un retrato?” está en el intento de compartir silencios significativos con unos oyentes que, posiblemente, acabarán cerrando los ojos para ver mejor. El silencio conviene al espectador de Goya como la oscuridad es la fuente de visión del acompañante de Bavcar en el museo.

La intuición del poeta salta todas las barreras y se transforma en un ovillo entre las patas de un gato.

 

Cada pino al atardecer

aloja al pájaro

de su voz

perpendicular y quieto

el bosque

indiferente a la historia

como una piedra imperturbable

repite

con entusiasmo febril

la vieja historia

de la puesta de sol.

(8)

 

*

Con el paso de los años, los dibujos de John Berger fueron robando espacio a sus palabras. No así a su ser de poeta. El punto de arranque y de retorno seguía manifestando su energía por mantener la vitalidad existente en el cruce entre la vertical que une el cielo con el centro de la tierra y la horizontal de todos los viajes.

Un día, surgió, como por casualidad, un nuevo proyecto de colaboración. Esta vez con María Muñoz, aliento de la compañía de danza Mal Pelo y John Christie, su amigo cineasta. John Berger dibujaría a María bajo el ojo documental de la cámara de John Christie.

El resultado es una película a tres voces que apoya su intensidad en el tenue sonido del lápiz sobre el papel. María posa quieta, respondiendo con su respiración a la mirada intermitente de su dibujante. John Christie suma el movimiento lento de la cámara a ese diálogo sin palabras. John Berger mira, rectifica, mueve la cabeza, entorna los ojos… dibuja. Se produce y se reproduce un silencio que susurra su presencia en ese mismo registro en el que se sitúa la poesía. Sin otro referente que el mismo.

Ver la película recuerda la mirada con la que John Berger escudriñó las fotografías que Trivier había hecho de las esculturas de Giacometti. Una línea de más y María cae. Un punto añadido sin pensar y María penetra en este lugar cuya puerta está oculta en la punta de un lápiz que rasga un papel.

María Muñoz ha incluido la voz de John Berger en algunos de sus espectáculos de danza. Ella recita fragmentos de sus textos como John incluye poemas entre las líneas de sus historias. En el momento del retrato, sus silencios consiguen la expresividad propia de la lengua materna. Ni castellano ni inglés: el registro de una vibración pura.

Un día, alguien le pregunto a Alberto Giacometti: Cuando tus esculturas tengan finalmente que abandonar el estudio, ¿dónde irán? ¿a un museo? Y él respondió. No, que las entierren, así podrán hacer de puente entre lo que está vivo y la muerte.

 John Berger transcribió este diálogo en su libro “Esa Belleza”.

*

Dejó olvidado su guante de motorista junto a la tumba de Jorge Luis Borges en Ginebra. No tenía un ramo de flores a mano. Tal vez, más tarde, alguien usara el guante de John Berger para limpiar las hojas caídas sobre la inscripción de la lápida: “Debo justificar lo que me hiere / No importa mi ventura o mi desventura / Soy el poeta.”

Un gesto, el de John Berger, que se lee en verso. Un verso que suena parejo al ronroneo de la moto. Al viaje del que encuentra en el camino la hospitalidad del hogar. Al movimiento que concede a la cadencia de la rima interior un eco musical externo. La moto, el camino, los guantes, el casco y ese pie que aprieta el pedal del gas y hace que todos los caminos de la tierra sean vistos como una invitación.

La moto de John Berger parece cantar el deseo de libertad de su corazón. Tal vez sea esta una de las razones por las que la moto está siempre presente en su vida de dibujante y de narrador de historias. Tal vez sea esta una de las razones por las que le gustaba comprobar que los mismos tres gatos se habían vuelto a cobijar en ella durante la noche.

Dijo en repetidas ocasiones que el mundo contemporáneo necesitaba canciones, que cantar era el lenguaje apropiado a nuestro momento.

¿No fue así desde el principio? ¿No está toda la música contenida en la respiración? ¿No son las canciones una manera de defender un tiempo humano alejado de los relojes y de la prisa? ¿Cantaba él mientras conducía la moto?

 

Una vez una canción

El cantante puede ser inocente

la canción nunca. Con los ojos

al instante abiertos al mundo

y el corazón al desnudo

la canción es descarada,

como un recién nacido.

Sólo cuando se acalla

por rutina recuperan los que la escuchan

la inocencia de su edad.

(9)

 

*

En 1994, John Christie publicó una versión de Páginas de la herida, el libro de John Berger, que contenía, además de sus poemas, una selección exquisita de dibujos y fotografías almacenadas en su estudio.

Cómo sugiere Borges en su epitafio, Berger vuelve una y otra vez a la herida que se reabre con cada desplazamiento forzado, que se adivina en cada rostro emigrante, en cada pueblo asediado por la guerra y la destrucción que avanza borrando los hogares que, un día, fueron el centro de vidas que han perdido su nombre para siempre.

Palabras y dibujos se superponen, se aproximan y se alejan sobre el papel hasta configurar páginas que dan vida a lo que se confunde a veces con lo indecible.

En este libro, el poeta John Berger se deja sentir como si él mismo fuera una canción de pérdida y de esperanza. Su voz y su lápiz acumulan esa forma de decir que es también una forma de pelear y de estar en la trinchera desde la que se defiende la verdad contenida en los propios sueños.

 

Cucharón

 

Filigrana de estaño

luna de cucharón

que asoma sobre la montaña

y desciende hasta la olla

sirviendo a generaciones

humeante

arrastrando lo que ha nacido de las semillas

en el huerto

espesado con patata

sobreviviéndonos

en el cielo de madera

de la cocina.

 

Madre que del humeante

pecho de peltre

veteado de sales

alimentaba a sus hijos

hambrientos como jabalíes

con las uñas sucias

de tierra vespertina

y el pan hermano

la madre reparte

 

Vierte del cielo humeante

cucharón

con el sol de zanahoria

las estrellas de sal

y la grasa de la puerca tierra

vierte el cielo humeante

cucharón

vierte sopa para nuestros días

vierte sueño para la noche

vierte años para mis hijos.

 

(10)

 

En la lengua castellana, la palabra “oración” significa frase i plegaria al mismo tiempo.

 

Hoy, entre las nevadas tardías de este mes de marzo que despiden el invierno y anuncian la primavera, el silencio en el que ha quedado sumida la voz de John Berger tiene sabor de oración. De una oración pegada a las yemas de sus dedos cuando se acariciaban unas a las otras para acompañar los destellos de su mirada llena de azul y de sorpresa y de interrogación.

 

El silencio en el que ha quedado su particular forma de hablar y de escribir sobre el amor tiene el sabor de una oración en la que se acumulan las voces de todos los animales que pueblan sus textos, los perfumes de todas las flores que dibujó, las texturas de los aceites y los vinos y el pan que compartió con las personas que se cruzaron en su camino. Es un silencio que asciende hacia las estrellas y desciende hasta el centro mismo de la tierra, llegando así a los muertos y a los que están todavía por nacer.

 

Su vivir poético, envuelto ahora en palabras con textura de plegaria,

engendra ya nuevos capítulos de esas lenguas maternas que existen inscritas en el corazón mismo de la existencia y que acompañan los ciclos de la vida como el planeta Venus acompaña a la luna en su camino alrededor de la tierra.

 

*

 

Escribo lágrimas/ las cruzo/ como quien cruza/ una cortina/ hecha de cuentas de cristal./ Atravieso palabras / en busca/ de tu voz./ Un terrible deseo/ de verdad/ y de esperanza.

 

(1) L’Exil, La Lettre internationale,1985

(2) En Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos. Hermann Blume,1986. Traducción Pilar Vázquez.

(3) Alberto Giacometti en The Moment of Cubism, New Left Review I/42, March April 1967.

(4) Esa Belleza, Bartleby Editores, Madrid 2005. Traducción Jaime Priede.

(5) En Poesía 1955-2008, Círculo de Bellas Artes, Madrid 2014. Traducción Nacho Fernández, revisión Pilar Vázquez.

(6) Entrevista concedida por John Berger a Bartleby Editores en ocasión del Premio Cálamo que le fue concedido en 2005.

(7) Del programa radiofónico ¿Será un retrato? CANNOT /QUIT, producciones audiovisuales, 2009. Traducción Pilar Vázquez.

(8) En Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos. Hermann Blume,1986. Traducción Pilar Vázquez.

(9) Esa Belleza, Bartleby Editores, Madrid 2005. Traducción Jaime Priede.

(10) En Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos. Hermann Blume,1986. Traducción Pilar Vázquez

(11) En Poesía 1955-2008, Círculo de Bellas Artes, Madrid 2014. Traducción Pilar Vázquez

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